En la era de la tecnología, la inmediatez en los mensajes, los «visto» y la «última conexión». En la era de los «me gusta» virtuales sin significado trascendental. En la era de los corazones, pulgares hacia arriba y hashtag con historias condensadas hace falta pasar tiempo real con las personas que quieres: tiempo «en línea», cara a cara.
En la era de la comunicación virtual y a distancia, sea corta o larga, a mí me sigue gustando tener «ojos en línea», frente a frente. La mirada, la boca, la sonrisa, la voz. Su tono, su musicalidad, su timidez o atrevimiento. Su carcajada o su quiebro al hablar, su sonido tras el llanto, el matiz de su emoción al expresar.
El tacto, coger una mano o tocar una mejilla, dar un beso, un abrazo, compartir un silencio. Todo eso es real y no miente.
Aunque vivamos al trote o siempre corriendo, como apagando fuegos, aunque nos falten horas, siempre habrá un momento adecuado para dedicarte a ti y a los que quieres. No perdamos esa bonita costumbre de decir «¡qué alegría verte!», que no de leerte. No perdamos esa bonita costumbre de estar en un mundo real.
El mundo virtual existe, la era digital nos aporta mucho, es algo maravilloso y ha venido para quedarse, pero no podemos dejar que supere a la vida que conocemos: la terrenal.
Un encuentro real, ya solo por su calidad, jamás podrá ser sustituido por uno virtual.
Las lágrimas sin pixelar, las sonrisas que no se congelan, los besos que provienen de los labios que no son parte de los GIF.
Las miradas que te piden un abrazo, las que dirigen sus ojos hacia todos lados, sin quedarse en un punto exacto y, por ello, sabes que algo pasa o te intentan mentir.
Las manos que te rozan, los dedos que se deslizan por el pelo. Las cosquillas, los guiños de ojos y que se sonrojen las mejillas.
Por suerte, siempre nos quedarán un café o una copa de vino pendientes.
Por suerte, siempre tendremos la necesidad de mirarnos, tocarnos y darnos luz: somos energía y hay personas con las que nos recargamos mutuamente.
Por suerte, siempre necesitaremos ese calor humano y esa energía vital.
Por suerte, siempre tendré ganas de verte y, aunque parezca raro en mí, no de leerte.